Un niñito casi muere de frío esa noche en el altiplano boliviano (1972)

Un niñito casi muere de frío esa noche en el altiplano boliviano (1972)

Para el regreso de Argentina a Costa Rica nos acompañó el “Che” Eduardo, en esa primera mitad del trayecto suramericano hasta el Perú, completando así el grupo de “los cuatro mosqueteros”. Seguíamos viajando por los medios de transporte más baratos y eso nos llevó a comprar boletos de tercera clase para el recorrido de veintiocho horas en tren desde Villazón, el pueblito fronterizo de Bolivia con Argentina, hasta la ciudad capital de La Paz. Ni qué decir que íbamos con la gente indígena y gozando de la compañía de gallinas, cerdos y cabras, en unos asientos de rejillas de madera que dejaban marcada la piel, aun poniendo nuestras bolsas de dormir sobre ellos. Además, era la época de carnavales, por lo que los compañeros de viaje nos invitaban, todo el tiempo, a brindar con su licor barato y de un alto contenido alcohólico.

Así pasamos muy entretenidos la primera noche y el transcurso del día siguiente, mientras atravesábamos lugares inolvidables como el Salar de Uyuni, el Lago Poopó y la ciudad de Oruro, donde justo esa tarde se celebraba su famosa “Diablada”. Recorríamos el altiplano boliviano, a más de 3.500 metros de altura, con una temperatura que bajaba hasta los cero grados por la noche. Con la expectativa de arribar a La Paz hacia las dos de la mañana, ya oscuro me cansé de estar sentado en el mismo vagón de tercera, en medio de ese olor a licor rancio y a todo tipo de animales. Decidí irme más adelante en el tren, aunque fuera solo y sin permiso, con la gente que viajaba en primera, y me senté muy cómodo en un asiento que encontré vacío. Pasado un rato oí que una muchacha, más atrás, pedía en voz alta un espejito. Al volverme hacia ella observé que tenía a un niñito de meses sobre sus regazos, sin ningún abrigo, en medio de ese gran frío de la noche. Me levanté sin pensarlo y, al llegar a su lado, contemplé al chiquito totalmente pálido e inerte, mientras la joven seguía solicitando el espejito para comprobar si aún respiraba. Ante tal situación, sólo atiné a masajearle con fuerza su cuerpecito, haciéndolo vibrar frenéticamente para que reaccionara. Tras unos momentos de angustia el pequeñín salió de su trance y empezó a llorar, por lo que continué frotándolo de manera que entrara en calor. Una señora, que hasta entonces se había mantenido impávida, trajo algo para abrigarlo y poquito a poco él fue volviendo a la normalidad. La muchacha me confesó llorosa que no tenía experiencia con niños y que nada más se lo habían encargado para que lo entregara a sus abuelos en una de las estaciones. Ella sólo sabía que su nombre era Sergio. Cuando la situación se estabilizó y el pequeño, ya bien calientito, dormía plácidamente, yo regresé a mi vagón para contarles a mis amigos lo ocurrido. Sin embargo, al venirse ellos conmigo hasta el coche de primera, donde ocurrió la escena, comprobamos que ambos se habían bajado en la estación anterior. Nunca más sabríamos lo que fue de la vida de Sergio quien, de no ser por nuestro encuentro, quizás hubiera muerto de hipotermia durante aquella fría noche en el altiplano boliviano.

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