Mi primer paciente con dolor crónico ya no quería vivir (1974)

Mi primer paciente con dolor crónico ya no quería vivir (1974)

Durante el trimestre de invierno de mi programa de maestría en MSU me tocó hacer una práctica de orientación psicológica en el Centro de Salud Mental del Condado de Ingham, en Lansing, Michigan. Hasta allí tenía que llegar en autobús dos veces por semana, a pesar del frío y de la nieve, para atender las primeras consultas que haría en mi vida como psicólogo. Una de ellas fue con un señor, en sus cuarentas, que sufría de dolor crónico en la espalda, causado por un accidente en auto ocurrido hacía diez años. Era un hombre de trato amable y hablar pausado, quien desde el comienzo me planteó que estaba considerando suicidarse, por lo que deseaba analizar conmigo esa decisión. Desde la primera cita yo procuré dejar siempre algo pendiente, para que se sintiera comprometido a volver, aunque él se despedía diciéndome que, pasara lo que pasara, me agradecía mucho mi ayuda al haberlo escuchado.

Para profundizar en el caso, me dediqué a repasar en la biblioteca de la Universidad el enfoque teórico de Viktor Frankl sobre el sentido del dolor, además de analizar con él su dinámica familiar, como hombre casado y padre de tres hijas adolescentes. Asimismo, decidí realizar una interconsulta con el Dr. Bullock, quien lo había atendido por una década como especialista, sin mayores resultados que aliviaran su dolor crónico. Este médico agradeció mucho mi interés, pues se sentía desalentado de no poderlo ayudar, si bien tenía aún una cierta esperanza de aplicarle un tratamiento experimental. Ambos acordamos insistirle en que debía darse esa oportunidad y él aceptó. Yo también le sugerí, en terapia, mencionarle a su esposa y a sus hijas, sin alarmarlas, que él suponía que ellas ya estaban cansadas de su sufrimiento y de su incapacidad para trabajar, por lo que serían más felices el día que les faltara. La respuesta de su esposa fue que lo amaba mucho y que prefería acompañarlo en su dolor que perderlo a él. Las hijas también le reflejaron que su presencia, al llevarlas a sus actividades y al aconsejarlas como padre, era algo insustituible y que lo necesitaban a su lado. Yo en las noches le pedía al Señor que le diera una respuesta concreta ante su gran necesidad y que pudiera verlo de nuevo a la siguiente cita. Poco a poco el panorama mejoró al saberse valorado por su familia, lo que aumentaba su nivel de resistencia al dolor. Además, el nuevo tratamiento experimental del Dr. Bullock fue produciendo un efecto benéfico de alivio, en un grado suficiente que le hacía más tolerable el enfrentar las demandas y responsabilidades de su vida cotidiana. Al finalizar nuestras consultas, él había abandonado su idea del suicidio y se dispuso con más ánimo a seguir adelante con su vida. Yo, por mi parte, le di muchas gracias a Dios por el buen resultado de esta primera experiencia en mi vida profesional.

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