Con una ametralladora apuntando hacia mi pecho (1972)

Con una ametralladora apuntando hacia mi pecho (1972)

Si bien en muchos de los países por donde anduvimos en nuestra gira mochilera encontramos un ambiente de paz, también se respiraba un cierto aire enrarecido y hasta reacciones de temor ciudadano en algunos de los países gobernados por las dictaduras militares típicas de esa época en Suramérica. A Jorge y a Juan José les tocó, incluso, entrar apresuradamente a la casa de la familia Assenza, en Santa Fe, cuando una noche escucharon disparos desde muy cerca, al bajarse del auto, lo que luego se atribuyó a una posible persecución de alguien considerado subversivo por parte del régimen gobernante.

Asimismo, nos ocurrió a nosotros durante la segunda noche de nuestra estadía en La Paz, Bolivia. Tras apoyar a unas mochileras argentinas amigas, que venían enfermas por las dificultades que sufrieron en el trayecto en un camión de carga, entre la frontera y la capital, nos aseguramos de pagarles el importe del albergue donde estábamos, para que se repusieran antes de seguir su viaje. Sin embargo, esa misma noche, en el salón de baile contiguo, había ocurrido una gresca con heridos por arma blanca, lo que hizo que llegara un grupo de soldados, con uniforme de fatiga, para controlar la situación. Si bien ellos no era los agresores, sino más bien quienes trataban de imponer el orden, nosotros no estábamos acostumbrados a tales despliegues de fuerza militar. Sucedió entonces que, estando ya recluidos en nuestra pequeña habitación sin baño, tuve necesidad de ir al servicio sanitario común, que quedaba al otro lado del patiecito interior de donde daban nuestros cuartos. Cuando venía de regreso, vi entrar a una hilera de soldados que se aproximaba, quizás tras la búsqueda de algún otro facineroso escondido por allí después del altercado. Entonces, uno de ellos me colocó su metralleta contra el pecho, a la vez que me pedía mi identificación de una forma amenazante. Yo se la mostré, impactado del miedo, mientras con voz temblorosa trataba de decirle que era simplemente un huésped que me dirigía a mi habitación. Tras regañarme por estar afuera, en medio del desorden que acaba de ocurrir en el sitio, me dio la orden de encerrarme en el cuarto y de no volver a salir hasta que todo estuviera controlado. Ni qué decir que al llegar donde mis amigos entré pálido de la impresión por aquel episodio escalofriante, en el que me sentí tan impotente y vulnerable como nunca en mi vida. ¡Pero ya todo había pasado y estaba bien para contar el cuento!

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