En la playa de Mar del Plata todos jugaron con nuestra pelotita (1972)

En la playa de Mar del Plata todos jugaron con nuestra pelotita (1972)

Durante nuestra estadía en Buenos Aires se nos abrieron oportunidades de conocer otros lugares, de manera que en ese verano pudimos recorrer de oeste a este y de sur a norte casi toda la República Argentina. En otras palabras, desde Mendoza, al occidente, hasta Buenos Aires y Mar del Plata, y de la austral Bariloche a la provincia norteña de Jujuy. Esto gracias a que, en la última etapa, don Ricardo Blanchet nos consiguió el famoso “Argenpass”, que era un tiquete para viajar gratis en cualquier tren de los ferrocarriles argentinos durante un mes. Así pudimos conocer San Carlos de Bariloche, en un trayecto de ochenta horas entre ida y vuelta de Buenos Aires, en una misma semana, así como de iniciar nuestro retorno hacia el norte, a través de las provincias de Córdoba, Tucumán, Salta y Jujuy, rumbo a Bolivia. No obstante, Juan José y Jorge también pudieron llegarse antes a Santa Fe, para visitar al amigo de Juancito, Miguel Assenza, del programa de American Field Service. Además, con el grupo completo de los cuatro disfrutamos, por tres días, acampando en Mar del Plata. Allí nos ocurrió algo en verdad digno de mención. En la última jornada de nuestra excursión propiciamos un evento único que habrá quedado registrado en los anales históricos de la céntrica y muy popular playa Bristol de Mar del Plata. Desde la víspera nos conocimos con los primos y primas cordobeses de Eduardo, quienes vacacionaban en ese lugar, y entablamos con ellos una relación de mucha confianza. Así que esa mañana, bajo un sol radiante, en medio de una multitud de bañistas, con la pelota del primo “Coty” iniciamos un jueguito en la arena, antes de ingresar a las heladas aguas australes de ese tórrido verano. Ya en el mar nos dio por lanzar al aire el balón de hule entre nosotros, colocados en distintas direcciones, mientras gritábamos a todo galillo “la pelotita, la pelotita”. La gente se fue identificando con nuestro juego y, cuando la bola les caía cerca, igualmente la volvían a tirar para arriba, con el consabido grito de “la pelotita”, hasta que más de un centenar de bañistas participaban muy divertidos de nuestra iniciativa. Como dice Juan José en nuestro libro, “por más de media hora se fue creando un nivel de interacción colectiva de una magnitud casi indescriptible”. Tan solo una pelotita bastó para sacar de la rutina de playa y del bochorno veraniego a decenas de personas de ambos sexos y de todas las edades, quienes por un rato gozamos como niños con aquella dinámica juguetona en una de las famosas playas de Mar del Plata. 

 

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