Una serenata de despedida muy especial al partir de Michigan (1978)

Entre las tradiciones nuestras, una que traté de impulsar en Michigan fue la de las serenatas. Yo había disfrutado mucho con mis amigos de la Acción Cristiana Universitaria, A.C.U., quienes llevábamos serenata a nuestras mamás, así como a las de las novias y amigas, en la víspera del Día de la Madre. Esto implicaba una noche entera, desde las diez hasta las cinco de la mañana siguiente, para cumplir con un recorrido de unas veinticinco serenatas. Posteriormente nos íbamos a desayunar juntos a alguna soda, antes de retirarnos a descansar con la misión cumplida. De igual manera, con Dick Schaefer y John DeWitt preparamos un repertorio de canciones románticas en inglés, varias tomadas de películas musicales, así como alguna otra con nuestra propia letra compuesta para la “Canción de Cuna” de Brahms, y se las cantábamos a las muchachas de la Comunidad en East Lansing. En cierta ocasión, durante un retiro de fin de semana, todos los varones serenateamos a las mujeres, algo que las sorprendió gratamente y que nos lo agradecieron mucho. La tradición se fue consolidando con los años y se volvió un imperativo que el novio le diera serenata a su novia, junto con sus amigos, un par de días antes de la boda.

Tras la defensa de mi tesis, con la que concluí el doctorado, y ya cercana la ceremonia de la graduación, mi hermana Denise se vino a acompañarme por un par de meses. De esta manera, junto con Mamá DeWitt, en ese día tan solemne, ambas representaron a mi familia al obtener mi título doctoral. Posteriormente, los dos nos fuimos despidiendo de las personas más cercanas, antes de emprender el viaje de regreso al terruño. Yo había comprado, meses atrás, una camioneta Datsun, la cual pensaba conducir hasta Florida, para enviarla luego por barco a Costa Rica. Por tanto, planeamos un recorrido, empezando por las Cataratas del Niágara, para visitar ciudades como Manhattan, Filadelfia y Washington D.C. en nuestra ruta hacia el Sur. En el camino nos hospedaríamos con la familia DeWitt, que vacacionaba junto a un lago cerca de New York, y con los Lockwood a nuestro paso por Filadelfia. Cuando llegó la noche antes de la partida me acosté temprano y, un poco después, empecé a escuchar los compases de una canción. Las voces eran femeninas y no podía entender lo que pasaba, pues no parecía que se tratara de una fiesta en la hermandad de muchachas vecinas nuestras. Al asomarme por la ventana del segundo piso, donde compartía cuarto con otros tres compañeros, divisé a un grupo numeroso de hermanas de nuestra Comunidad, quienes venían a agradecerme por los años de serenatas que yo les había brindado durante mi estadía en Michigan. Ni qué decir que me embargó una emoción muy grande, pues aquella resultó la mejor despedida que pude haber tenido.

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