La premonición de “Mamita” a las puertas del Paraíso (1980)

La premonición de “Mamita” a las puertas del Paraíso (1980)

Felicia Quirós Quirós, mi abuela paterna, fue la hija de don Justo Quirós Montero y de doña María Quirós Aguilar, quienes eran entre sí primos hermanos. Quizás debido a esto, él se preocupaba por las consecuencias que pudiera acarrear la consanguineidad en la familia y promovió, en adelante, que varias de sus hijas se casaran con yernos de procedencia extranjera. Otilia lo hizo con Goicoechea, de origen vasco; Luz con un señor colombiano de apellido Rodríguez; Felicia, a quien sus nietos luego llamaríamos “Mamita”, se casó con Camilo de Mézerville, de ascendencia francesa; y Ana María contrajo nupcias con don Porfirio Oduber, quien provenía de Curazao. Así, pasados los años Mamita llegó a ser, al mismo tiempo, tía del presidente de la república, don Daniel Oduber Quirós, y del arzobispo de San José, Mons. Carlos Humberto Rodríguez Quirós. Desde niña, ella fue la más enfermiza entre las siete hermanas y, a la larga, la que vivió más tiempo, pues solo le faltaron unos pocos meses para cumplir los cien años. Mamita era una mujer dulce, prudente, risueña y cariñosa. Sin embargo, le tenía mucho miedo a la muerte, a quien llamaba “la Pelona”. Por tal razón, mi papá, como médico, cuidaba especialmente de ella. Todos los domingos la visitaba para tomarle la presión arterial y garantizarle que no tenía de qué preocuparse en relación con su salud. Ahora bien, en 1979 mi papá falleció primero que ella, a sus setenta y tres años, cuando mi abuelita tenía ya la edad de noventa y ocho. Estaba ciega y pasaba sentada en un sillón durante el día. Mis tíos Julio, Margarita, Eugenia y Felicita, quienes vivían con ella, prefirieron no contarle sobre la muerte de su hijo médico, para que no sufriera. Más bien le pidieron a mi tío Enrique que, al visitarla los domingos, le siguiera tomando la presión arterial, como antes lo hacía Jorge, de forma que Mamita pensara que era él y se sintiera tranquila en cuanto a su estado de salud. Esto ocurrió así todas las semanas, por más de año y medio, hasta que un cierto domingo ella reaccionó diferente. En el momento en que mi tío le chequeaba la presión, Mamita le preguntó por qué lo hacía, si él no era médico. Ante su asombro, ella le insistió que él era Enrique y agregó: “Jorge vino a visitarme esta mañana y me dijo que él ahora está allá; que no me preocupe de nada, porque me están esperando”. Mamita ese domingo estuvo bien, sin experimentar síntomas especiales que supusieran una gravedad, ni manifestaciones de su antiguo “temor a la Pelona”. Al día siguiente falleció muy serena, según se lo había anunciado mi papá al venir a prepararla. Lo que me recuerda aquella vez, cuando Jesús le dijo al hombre crucificado junto a él: “Te aseguro que hoy mismo estarás conmigo en el Paraíso” (Lucas 23, 43).

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