Tras las huellas de los pioneros de la Rehabilitación en CR (1980s)

Al especializarme, durante mi maestría y doctorado en la Orientación Psicológica de personas con discapacidad, de regreso en el país me inserté dentro del ámbito de la rehabilitación y la educación especial costarricense. Eso me brindó el privilegio de alternar, en los años ochenta, con dos grandes pioneros en este campo: don Fernando Centeno Güell y el Dr. Humberto Araya Rojas. Don Fernando era un verdadero pedagogo, humanista y poeta. Un hombre gentil, dinámico y emprendedor, siempre con una frase amable para elogiar o dar un consejo. El 23 de julio de 1940 había fundado la primera Escuela de Enseñanza Especial para niños con retraso mental, que luego se amplió para atender a chiquitos ciegos o sordos. Esta labor la proyectó después a otros países centroamericanos y fue un colaborador incansable en la fundación de Talleres Protegidos, para ofrecerles a ellos una ocupación remunerada. Tras pensionarse como docente del Instituto de Enseñanza Especial que lleva su nombre, continuó trabajando por muchos años en los programas de Terapia Ocupacional y Recreación del Hospital Nacional Psiquiátrico. Yo lo conocí en esa época y recuerdo caminar un día a su lado, conversando animadamente, desde su casa en barrio Escalante hasta la parada de buses, para trasladarse a sus labores en el Hospital Psiquiátrico. También compartimos con él y su familia una linda velada, cuando en la Escuela de Orientación y Educación Especial de la UCR se le realizó un merecido homenaje por su amplia trayectoria, no solo en la educación sino también en el campo literario, como poeta y hombre de letras. Una de las sentencias de Don Fernando que reflejan su pensamiento es: “Creo en la poesía porque creo en el hombre. Creo en el hombre porque creo en Dios”. Más aún, en una sesión solemne, celebrada en el Teatro Nacional, se le otorgó el Premio Magón de 1989, por su gran labor como poeta, educador, académico y promotor de la cultura en nuestro país.

En el año de 1954 Costa Rica sufrió una grave epidemia de poliomielitis que afectó a más de cincuenta mil niños y produjo secuelas severas en un millar de ellos, quienes fueron atendidos en el Departamento de Infecciosos del Hospital San Juan de Dios, donde laboraba el Dr. Humberto Araya Rojas como pediatra. Debido a su genuino interés de ayudar a estos pequeños fue enviado a México para especializarse en Fisiatría. En 1955 se crean, tanto el Hogar de Rehabilitación de Santa Ana, para albergar a los niños más afectados, como el Patronato Nacional de Rehabilitación, el cual le comisionó al Dr. Araya elaborar un anteproyecto de construcción de un centro para la atención de la población con discapacidades físicas en Costa Rica. Tras muchas campañas de recolección de fondos, en 1977 se termina de edificar el Centro Nacional de Rehabilitación (CENARE), que luego se traspasa a la Caja Costarricense de Seguro Social. Este abre sus puertas, bajo la dirección del Dr. Araya, con una oferta básica de las especialidades de Ortopedia y Fisiatría, en la consulta externa, y se amplía en 1978 a los servicios de hospitalización, cirugía ortopédica y reconstructiva. Yo regresé de Michigan a mediados de ese año para asumir, poco después, la dirección de la Oficina del Convenio Internacional de Rehabilitación de la CCSS con MSU. Nuestras oficinas estaban ubicadas entre el Hospital México y el CENARE, por lo que me tocó tratar de cerca al Dr. Humberto Araya, una persona de carácter fuerte, aunque noble y jovial, muy energético y totalmente entregado a su causa. Al lado suyo uno se sentía inspirado a realizar sus sueños, pues él constituía una prueba fehaciente de que todo era posible. Asimismo, como buen católico, el Dr. Araya admiraba al Papa Juan Pablo II. Cuando éste vino a la región me invitó, junto a otras tres personas, a seguir en el pequeño televisor de su oficina, en la dirección del CENARE, la jornada que el pontífice pasó en Nicaragua. Puedo evocar aún sus comentarios reflexivos o mordaces sobre el enfrentamiento que tuvo el Papa con los líderes y las turbas sandinistas. ¡Ciertamente su presencia me impactaba, pues era todo un señor! 

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