Una úlcera duodenal y la opción de estudiar en Michigan (1972)

Como pasa en ciertas ocasiones, Dios permite que se junten las cosas malas con las buenas, para así demostrarnos que no nos ha abandonado, sino que puede sacar provecho, para nuestro bien, aún de los tiempos difíciles. Durante los meses del final de mi carrera de bachillerato en Psicología yo me sentía muy presionado por las muchas demandas académicas, en un año quizás anticlimático, después de empezarlo viajando por Suramérica. No tenía claridad de lo que podría hacer al graduarme, pues no se ofrecía aún la licenciatura en mi campo y, de ponerme a trabajar, tendría que ser con un salario menor y bajo la supervisión de un psicólogo profesional. Por otra parte, como asistente del Dr. Rodrigo Sánchez Ruphuy, en la Sección de Medicina Psicosomática del Hospital México, él sugería ir a doctorarme en Psicología Clínica a Alemania, donde tenía contactos, pero a mí no me encajaba la idea. Ni quería dedicarme a trastornos psicológicos más severos, ni deseaba irme tan lejos de mi familia. Además, la idea de tener que estudiar en alemán me disgustaba, por ser un idioma muy ajeno a mí. Fue entonces que comenzaron los dolores abdominales por las madrugadas. Mi papá, como médico, me remitió con un radiólogo amigo, el Dr. Carlos Céspedes, y se me diagnosticó una úlcera en el duodeno. El tratamiento consistía en guardar cama por tres semanas, mientras empezaba con una dieta estricta de leche, para irla ampliando poco a poco a alimentos suaves, hasta sanar la úlcera. En todo ese tiempo no podría volver a la universidad, ni a mi trabajo como psicometrista. Por tanto, sólo se me dio el permiso, a la mañana siguiente, de llevar las dos copias del certificado médico, a ambos lugares, y volver a recluirme en mi casa. Empecé por ir a la UCR y, de regreso, pasé por el Hospital México, para encontrarme con el Dr. Sánchez Ruphuy. Llegué en una hora que no correspondía con mi horario habitual, justamente cuando mi jefe estaba atendiendo al Dr. John E. Jordan, un conocido suyo de la Universidad del Estado de Michigan, quien había pasado a saludarlo.

Al presentarme con su invitado le indicó que yo era un excelente estudiante y que deseaba continuar mis estudios con un posgrado en el exterior, pero que no me agradaba mucho la idea de ir a Alemania. Por tal razón, el Dr. Jordan se interesó en mi caso y sugirió que su Universidad podría ser una mejor opción. Incluso se llevó mis datos y ofreció darme su apoyo para realizar el proceso de admisión al año siguiente. Así que regresé a mi casa convencido de que el Señor Dios acababa de escribir recto en líneas torcidas y que aquel encuentro me abría las puertas para ese plan futuro que Él me tenía reservado. Durante mi convalecencia me sentí muy bien cuidado, por parte de mi familia y de mis amigos que venían a visitarme, lo cual me hizo experimentar mucha gratitud. Así que me quedé tranquilo, en las manos de Dios, contando además con la ayuda de profesores y compañeros, para presentar mis trabajos y exámenes de forma extraordinaria, lo que no atrasó en nada mi graduación.

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